EDITORIAL
El debate sobre cuánto cortar

abril y mayo de 2012

A PESAR de sus dimes y diretes acerca del presupuesto propuesto por Obama, los republicanos y demócratas desacuerdan sólo en detalles y ambos están por implementar austeridad.

AL ESTABLECIMIENTO político y mediático en Estados Unidos le encanta retratar a los republicanos y demócratas como acérrimos enemigos, ocultando que la diferencia entre ambos, aunque real, es pequeñísima comparada con todo aquello en lo que están de acuerdo, un punto tras otro.

La presentación de la propuesta presupuestaria de la administración Obama provee otro ejemplo. Leyendo entre las líneas de la guerra de palabras que el presupuesto desató en Washington, ambos partidos se muestran dispuestos a implementar un programa de austeridad que pone los intereses de las corporaciones y de Wall Street por encima del interés del pueblo trabajador.

Aunque reconocida como una movida electoral sin posibilidad de ser aprobada por el Congreso republicano, la propuesta fue retratada como una alternativa "progresista" por los medios. Según The Guardian, por ejemplo, con su propuesta "Barack Obama establece las líneas de batallas económica en las elecciones presidenciales de este año, proponiendo un presupuesto que favorece el gasto a la austeridad, y se compromete a la cada vez más popular demanda de subir los impuestos de los ricos".

Para ser exactos: No.

Lo que Obama propone es un presupuesto que favorece la austeridad por sobre una aún más drástica austeridad. Además, él promete hablar de aumentar los impuestos a los ricos, pero guarda silencio a por qué no lo hizo durante sus primeros tres años en el cargo.

Jeffrey Sachs, ex-adalid del neoliberalismo y hoy uno de los más duros críticos del sistema, nos pone la "batalla presupuestaria" en perspectiva al comparar, en el Financial Times, la propuesta de Obama con la del diputado Paul Ryan, vocero de la línea dura republicana. En ambas:

La diferencia es modesta, pero el hecho importante es este. Ambos lados están comprometidos con reducciones significativas a los programas gubernamentales en relación al PIB. Estos recortes serán especialmente [duros] en los programas discrecionales para la educación, la protección ambiental, la nutrición infantil, re-capacitación laboral, transición a la energía limpia, e infraestructura.

En otras palabras, el debate en Washington no es acerca de si cortar o no, sino si amputar la rodilla o la cadera.

Considere los crudos números. La propuesta de Obama fija un objetivo de casi $4 billones en reducción deficitaria en 10 años, casi dos tercios de ella--unos $2.5 billones--vendría de recortes al gasto. Esto es austeridad en una escala inaudita--un reflejo de las décadas de asalto de la patronal sobre el nivel de vida de la clase trabajadora.

La propuesta de Obama contiene algunas iniciativas de gasto a corto plazo en reconstrucción de infraestructura y creación de empleos, medidas que serán de utilidad durante su campaña electoral.

Pero la administración también aboga por mantener estrictos límites presupuestarios, excepto en el Seguro Social, Medicare y Defensa. Como resultado, "llevaría el gasto discrecional de no-defensa hasta su nivel más bajo como porcentaje de la economía desde" la presidencia de Eisenhower en la década de 1950, según un análisis realizado por el Instituto de Política Económica.

Hablando de defensa, el glotón presupuesto del Pentágono, junto con las rebajas tributarias para los ricos, es el principal responsable del creciente déficit público--y seguirá inflado. Para el próximo año, la administración Obama está proponiendo una reducción de menos del 1 por ciento en el gasto central del Departamento Defensa.

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EN CUANTO a su propuesta de aumentar los impuestos a los ricos, el principal mensaje de la administración fue la llamada "Regla Buffett" para garantizar que los millonarios paguen impuestos a una tasa similar a los hogares de ingresos medios. La regla debe su nombre al multimillonario Warren Buffett, quien señaló que él paga impuestos a una tasa muy inferior que su secretaria.

Pero como el New York Times reportó, si buscas una Regla Buffett "entre los innumerables cambios tributarios que la Casa Blanca detalla en su propuesta de presupuesto 2013... no la encontrarás".

Luego de presentar el presupuesto, y de una oleada de discursos en los que Obama aseguró que su propuesta haría pagar a los ricos su "justa parte", la Casa Blanca aclaró que la Regla Buffett es sólo una "directriz" y no un propuesta de cambio real al código tributario.

En cuanto a lo que de hecho se encuentra en el presupuesto de Obama, el principal componente en materia de impuestos es la eliminación del feriado tributario de Bush sobre la renta de los súper-ricos. Esto elevaría la tasa marginal de impuestos pagados por los hogares con mayores ingresos del 35 por ciento actual al 39,6 por ciento.

Barack Obama ya prometió una vez que dejaría expirar la rebaja tributaria de Bush para los hogares más ricos en el 2010. Pero una vez que llegó a la Oficina Oval, y con su partido gozando de amplias mayorías en ambas cámaras del Congreso, Obama hizo nada por casi dos años.

Con la fecha de expiración aproximándose al final del 2010, los demócratas se rehusaron a forzar una votación en el Congreso antes de las elecciones de noviembre, que hubiera puesto a los legisladores republicanos en récord apoyando el feriado tributario para los ricos. En cambio, la cuestión fue decidida en la sesión saliente, donde el gobierno de Obama capituló completamente y acordó extender los recortes fiscales de Bush.

Así que téngalo en cuenta la próxima vez que escuche a Obama decir que quiere gravar a los ricos. Si él realmente quisiera, podría haber confiado en la opinión de la mayoría y emprendido una lucha para dejar que los recortes fiscales de Bush expiraran en el 2010. En cambio, hizo un "compromiso"--dando a los republicanos exactamente lo que pidieron.

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EL PRESUPUESTO de Obama es producto de un sistema donde la política de la austeridad tiene un férreo control sobre los líderes de ambos partidos.

El "liberal" Obama propone hoy los recortes al gasto social que los carniceros de la derecha, como Ronald Reagan o Bush padre e hijo, sólo soñaron. Pero ellos y la corriente administración no han estado siempre en contra del gasto público. Hace tres años, el sector empresarial y los políticos se unieron en torno a la necesidad de un gasto mayor para paliar la Gran Recesión.

En los primeros meses de su presidencia, Obama consiguió la aprobación de un estímulo económico de $787 mil millones--casi del mismo tamaño que todos los programas del Nuevo Trato de los años treinta--pero esta vez como feriados tributarios para las corporaciones. La oposición republicana fue sólo para salvar apariencias, y no bloquearon la legislación, como desde entonces han hecho con casi toda iniciativa de la Casa Blanca.

Pero incluso mientras empujaba esta medida, Obama y su equipo dejaron en claro que el gobierno daría una alta prioridad a la reducción del déficit a través de grandes recortes en el gasto gubernamental. Obama congeló los salarios de los trabajadores federales no militares, y luego formó un grupo de trabajo con la misión de hacer profundos recortes al Seguro Social. Durante el debate sobre si elevar el techo de la deuda, Obama prometió que buscaría más reducciones a los beneficios del Seguro Social si el Partido Republicano acordaba aumentar modestamente los impuestos a los ricos.

La misma dinámica política se ha repetido una y otra vez: Obama y los demócratas presentan una propuesta pacata, diseñada para "encontrar a los republicanos en el medio", y los republicanos se niegan a considerarla, formulando demandas más extremas. Luego los demócratas mediatizan su media propuesta, hacen un compromiso sobre el compromiso, hasta que el resultado final es lo que los republicanos habían propuesto en primer lugar.

¿Por qué ocurre esto? ¿Son Obama y los demócratas demasiado cobardes?

Puede ser. Pero la razón más importante es el papel que juega el sistema bipartidista. Aparte del ocasional comentario electoral sobre la avaricia en Wall Street, los republicanos son abierta y orgullosamente defensores de los intereses de las grandes empresas. El rol de los demócratas es posar como representantes del pueblo, para una vez en el poder actuar como los otros defensores de los intereses de las grandes empresas.

Los interminables compromisos demócratas son el resultado de tener que decir una cosa para ganar votos, y de hacer otra una vez en el poder.

Como Jeffrey Sachs escribió, esto significa que el pueblo obrero americano no tiene ningún partido para defender sus intereses en Washington:

Aun cuando hoy los demócratas elogian a Obama y los republicanos lo castigan por su propuesta para gravar a los ricos, el presupuesto es en realidad una mala noticia para los pobres y la clase obrera de América. La mitad más pobre de la población no le interesa al estatus quo en Washington. Un tercer partido político, que ocupe el vasto terreno del verdadero centro e izquierda, será probablemente necesario para romper el dominio del Gran Dinero en la política estadounidense y en la sociedad.

Un genuino desafío de izquierda tiene muy pocas chances de desarrollarse en los próximos ocho meses antes de noviembre, pero hay otra fuerza que puede "romper el dominio"--el resucitado movimiento obrero, que capturó la atención y la imaginación de millones el año pasado, desde el levantamiento en Wisconsin al surgimiento del movimiento Ocupa.

Las luchas de ese movimiento--grandes y pequeñas, en las plazas laborales, en la comunidad o en el campus--pueden ser una alternativa a la política de la austeridad y el conservadurismo social que dominan en Washington. Si queremos ver esta alternativa crecer y florecer necesitaremos dedicar nuestras energías, no para apoyar a Barack Obama y los demócratas en las elecciones de fin de años, sino para movilizarnos en cada posible lucha.

Traducido por Orlando Sepúlveda

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