Nos preparamos para la huelga general

Por Jesús Castillo, activista de En Lucha en el estado español | junio-septiembre de 2010

AÚN SON muchas y muchos los trabajadores que creen que el Partido "Socialista" Obrero Español (PSOE), social-demócrata, gobierna en pro de sus intereses.

Continúan apoyando al partido del gobierno a pesar de sus respuestas a la crisis: inyectar miles de millones en la banca responsable del problema, privatizar (más o menos en cubierto) empresas públicas (por ejemplo, AENA) y servicios públicos (como la sanidad y la educación, véase el Plan Bolonia en la Universidad Pública), aumentar la edad de jubilación, recortar el salario de empleados públicos, aumentar el presupuesto militar en Afganistán, rebajar el empleo y las inversiones públicas, disminuir la protección ambiental, aumentar los impuesto indirectos como el IVA, privatizar las cajas de ahorro, facilitar y abaratar el despido.

Es decir, la social-democracia está respondiendo a la crisis del neoliberalismo con más de lo mismo para que seamos los trabajadores las que paguemos la crisis. Y todo esto ocurre con más de un 20% de desempleo, más de 1 millón de familias con todos son miembros en paros, un 20% de población viviendo en la pobreza, miles de jóvenes emigrando a otros países, etc.

Las excusas que se esgrimen para seguir confiando en un partido social-demócrata neoliberal son muy variadas: "España" no puede funcionar al margen del panorama internacional y las reformas vienen más o menos impuestas desde el exterior (Unión Europea, Estados Unidos con el "amigo" Obama al frente, el Fondo Monetario Internacional (FMI)), las reformas son necesarias para mantener vivo el sistema y no ir directamente hacia el caos, la derecha sería mucho peor...

Sin embargo, también son muchos y muchas las que habiendo confiado en la social-democracia anteriormente ven como ya no les representa. Reconocen que, a pesar de una retórica más o menos progresista, gobierna para mantener los intereses de unos pocos: los banqueros y los grandes empresarios. Se niegan a admitir una democracia tan limitada que ni siquiera un gobierno elegido cada cuatro años pueda gobernar libremente y se queje chantajear por entidades nada democráticas como el FMI.

Además, intuyen o están convencidos de que hay otras formas de hacer política, de salir de la crisis haciendo que la paguen los que la han generado. Por ejemplo, aumentando los impuestos a las grandes empresas y las mayores fortunas, creando una banca pública y ética, generando empleo público en la conservación del medio ambiente y el fomento de energías renovables, impulsando una reforma agraria, etc.

Estos antiguos simpatizantes de la social-democracia, ahora desengañados, también reconocen que sigue siendo aún mejor alternativa que el partido conservador (el Partido Popular). Y sin duda lo es, al menos en terrenos sociales como los derechos de homosexuales y transexuales o los derechos reproductivos. Sin embargo, la respuesta de la social-democracia a la situación de crisis profunda en la que nos encontramos, y que los más optimistas prevén que durará aún varios años, ha dejado en evidencia que las diferencias entre conservadores y social-demócratas no son suficientes para otorgar la confianza al segundo.

Cuando más gente desconfía de la social-democracia y llegan las elecciones es, justo en ese momento, cuando utilizan sin rubor el miedo y llaman a la confianza ciega, al famoso "voto útil" frente a la llegada de la derecha reaccionaria. Pero detrás de ese "voto útil" se esconde lo más inútil, darle poder a alguien que va atacar tus derechos, tu calidad de vida y la de las generaciones futuras, para que otros no lo hagan con perores formas, quizás más descaradamente, pero con resultados finales tan parecidos que es tremendamente difícil encontrar las diferencias en la rutina diaria.

Sabemos que tras las reformas de ahora, si no los paramos, vendrán otras que también sabemos que no nos sacarán de la crisis, sino que la agravarán y provocarán una recaída, más temprano que tarde, tal y como han demostrado las recetas neoliberales del FMI en Latinoamérica durante los últimos treinta años.

Respondamos al miedo del "voto útil" con algo mucho más útil, con un giro hacia la izquierda que deje a la social-democracia a la derecha y abra las puertas al control de nuestras propias vidas en esferas tan básicas como el trabajo o la vivienda. Sabemos que las respuestas a las crisis suelen llegar con retraso. Y es que el recuperar la confianza y dejar atrás el miedo y el desánimo toma su tiempo.

Nadie podía imaginar al inicio de la Gran Depresión de los años treinta que en apenas cinco años se desatarían movimientos de masas de trabajadores desde Estados Unidos hasta el Estado español. Las luchas de entonces, y las de ahora, como las exitosas huelgas de los trabajadores de los autobuses públicos en Barcelona o del metro en Madrid, de los trabajadores y trabajadoras de la televisión pública o de los jornaleros de la recogida de la naranja en Andalucía, nos muestran que el poder es nuestro cuando nos unimos.

Pero para frenar y dar marcha atrás a las grandes reformas neoliberales de la social-democracia son necesarias luchas más amplias, como las recientes huelgas generales en Euskal Herria y en dos comarcas andaluzas, o la huelga general estatal en el sector público.

Además, es clave que estas luchas, además de ser amplias, se prolonguen en el tiempo. Los y las trabajadoras griegas nos están mostrando que no son suficientes ni una, ni dos, ni seis huelgas generales para parar los ataques de un partido social-liberal en el gobierno. Tenemos que organizarnos en nuestros barrios y puestos de trabajo; organizarnos en comités de huelga para continuar con la lucha y generar una alternativa política que realmente defienda de los intereses de los y las trabajadoras.

Desde el rechazo profundo a los conservadores y a la ultraderecha, el desengaño definitivo con la social-democracia y la búsqueda desesperada de un mundo posible cada vez más necesario, hagamos que la huelga general del 29 de septiembre sea un paso adelante en el camino hacia una democracia auténtica.

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