Los dos terremotos

abril-mayo de 2010

ASHLEY SMITH describe las características comunes entre los desastres en Haití y en Chile.

LAS PLACAS tectónicas del mundo siempre están en movimiento, pero en los últimos dos meses parece que han golpeado de forma más dramática de lo habitual.

El 12 de enero, un terremoto de magnitud 7,0 devastó Haití, matando cerca de 300.000 personas y dejando a más de 1,5 millones de personas sin hogar. Luego, el 27 de febrero, otro sismo sacudió el suroeste de Chile, matando a cientos y dejando a más de 2 millones de personas sin hogar.

Una familia haitiana, la Desarmes, trágicamente sufrió los dos desastres. Después del terremoto de Haití, Pierre Desarmes, un músico haitiano radicado en Chile, trajo a su padre, madre, dos hermanos y sus familias a vivir cerca de él en Santiago. Allí estaban cuando los golpeó el segundo terremoto en Chile.

"En Haití, me sacaron de debajo de las ruinas de una casa, y me sentí afortunado de haber sobrevivido", dijo el padre de Pierre, Joseph, a la BBC. "Para luego venir a Chile y pasar por la misma situación, no te puedes imaginar cómo me sentí--la impotencia que sentí. Fue lo peor que me podría haber ocurrido".

Su historia invita a la comparación de los dos terremotos. De hecho, los medios de comunicación destacaron las grandes diferencias naturales y sociales que separan las experiencias de los dos países.

La magnitud del terremoto en Haití de 7,0 en la escala de Richter, sacudió ocho kilómetros debajo de la superficie de la tierra, y su epicentro fue cerca del centro de población más importante del país, la capital de Port-au-Prince. Por lo tanto, causó temblores de tierra mucho más graves y derribó muchos más edificios. Los expertos en desastres estiman que costará unos $14 mil millones para la reconstrucción de Port-au-Prince.

En Chile, por el contrario, el terremoto fue 500 veces más poderoso, 8,8 en la escala de Richter, pero su epicentro fue 22 millas por debajo de la superficie y mucho más lejos de grandes centros de población. Como resultado, el temblor de tierra y la consecuente destrucción de viviendas e infraestructura fueron menos extensos.

Por otra parte, debido a que en Chile el epicentro fue en el Océano Pacífico, el movimiento telúrico causó tsunamis de unos 50 pies que arrasaron pueblos costeros enteros al sur del país.

Además, luego de las afirmaciones iniciales de que los más estrictos códigos de construcción en Chile protegieron al país de una devastación similar a la de Haití, quedó claro que el sismo causó daños masivos a la segunda ciudad del país, Concepción, y a carreteras y puentes en otros lugares. Cerca de 500.000 hogares quedaron inhabitables por el terremoto y los tsunamis. El costo estimado para la reconstrucción de las viviendas y la infraestructura del país es de $30 mil millones de dólares.

Sin embargo, el nivel de mortalidad y devastación en Chile no fue tan grave como en Haití, pero este hecho no tiene nada que ver con las placas tectónicas, las fallas geológicas, ni los epicentros. La verdadera razón de esta diferencia es histórica y social.

Haití, como la prensa ha informado reiteradamente, es el país más pobre del hemisferio occidental, con más de 80 por ciento de la población que vive bajo la línea de pobreza.
El gobierno de EE.UU. es en gran parte responsable de esta situación: apoyando a dictadores abusivos, socavando los intentos de reforma social e imponiendo planes económicos neoliberales que destruyeron su agricultura y desplazaron a los campesinos hacia Port-au-Prince.

Una vez en Port-au-Prince, la industria maquiladora estadounidense no fue capaz de absorberlos, resultando en el aumento de la población indigente de los enormes y mal construidos barrios pobres, los cités.

Estados Unidos también incapacitó al estado haitiano, el que controla muy poco de lo que sucede en el país. Es por esto que el gobierno haitiano no tiene códigos de construcción, ni siquiera en la capital, que se encuentra justo sobre la falla geológica.

Es esta historia del imperialismo norteamericano en Haití que provocó el desastre social que el desastre natural ha acentuado.

Por el contrario, Chile es uno de los países más ricos de América Latina. Su PIB per cápita es 14.700 dólares en comparación con los 1.300 dólares de Haití. Sin embargo, estas estadísticas ocultan la enorme desigualdad social en el país--de nuevo, producto, en gran parte, del imperialismo estadounidense.

En Chile, Estados Unidos apoyó la dictadura militar del general Augusto Pinochet, que derrocó al gobierno socialista de Salvador Allende en 1973, asesinando a miles de activistas y sindicalistas, e imponiendo el neoliberalismo a punta de pistola. Pinochet socavó muchas reformas sociales y aumentó enormemente la desigualdad social. Pero no pudo deshacer todos los logros de Allende. Como la autora Naomi Klein escribió en la Nation:

El moderno código de construcción sísmica de Chile, elaborado para resistir los terremotos, fue aprobado en 1972. Ese año es sumamente importante, ya que fue un año antes de que Pinochet tomara el poder en un sangriento golpe de estado respaldado por EE.UU. Eso significa que si una persona merece el crédito por la ley, no es Friedman ni Pinochet, sino Salvador Allende, presidente socialista de Chile elegido democráticamente.

Pinochet nunca logró privatizar la industria del cobre del país, que suministra un tercio del cobre mundial. Como resultado, el estado chileno, y los gobiernos de la Concertación de Partidos por la democracia que tomaron el poder después de Pinochet, han disfrutado de suficientes recursos para paliar los efectos del neoliberalismo en la población pobre, y que podrán ser utilizados en la reconstrucción del país. Eso, si el nuevo gobierno derechista en Chile así lo permite.

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MIENTRAS LOS principales medios hacían hincapié en las diferencias entre los dos desastres, las similitudes son sorprendentes. En ambos casos, el comportamiento de los gobiernos nacionales ha expuesto las prioridades de un sistema que sobrepone los beneficios empresariales y el orden legal por encima de la necesidad humana.

En ambos países, el neoliberalismo exacerbó el impacto de los desastres naturales. En Haití, las políticas neoliberales debilitaron el estado y destruyeron la economía, dejando al país particularmente vulnerable a los desastres e incapaz de responder a ellos.

En Chile, el neoliberalismo de Pinochet creó grandes sectores de la pobreza, privados de los servicios sociales básicos desde antes del terremoto. Como señala Naomi Klein, las políticas de libre mercado de Pinochet "causaron rápida desindustrialización, un incremento de diez veces en el desempleo y una explosión de barrios pobres claramente inestables".

Los sucesivos gobiernos de coalición de centro-izquierda que han gobernado Chile desde 1990 hasta 2010 han hecho muy poco para corregir esta desigualdad, y de hecho han seguido las políticas neoliberales de la dictadura. Los pobres, por lo tanto, fueron los más desolados por el terremoto, rápidamente demonizados como "saqueadores" por irrumpir en las tiendas para sobrevivir.

Además, como muchos chilenos sin hogar pueden atestiguar, la industria de la construcción, particularmente durante el auge del neoliberalismo en Chile, las últimas dos décadas, no observó la reglamentación, tan ampliamente anunciada. En su página de internet, el grupo revolucionario chileno, Movimiento de Izquierda Revolucinaria (MIR), informa que:

Las antiguas carreteras y puentes construídos por el estado resistieron el terremoto. Las nuevas carreteras en la capital, no. Las carreteras que fueron privatizadas bajo el gobierno de coalición, bajo la propaganda de que era inversión pública y privada, no toleraron ningún movimiento sísmico y fueron destrozadas.

A pesar de los millones en subsidios gubernamentales, de los contratos y de los peajes diarios a los usuarios, todos los puentes y los pasos de peatones se han venido abajo, matando a personas e hiriendo a muchos más.

El terremoto también puso en evidencia cómo la industria de la vivienda ha eludido los códigos de construcción. "Los residentes de un edificio de apartamentos de 15 pisos en Concepción, inaugurado hace pocos meses, se mostraron indignados de que había sostenido tantos daños y estaban convencidos de que los contratistas no habían cumplido con los códigos de construcción que requieren los edificios para ser capaces de soportar temblores", reportó el New York Times.

Como concluye el MIR, para "el capitalismo de bienes raíces, el negocio no está en el edificio, sino en la acumulación de capital, lo que significa disminuir la calidad de la construcción, disminuir la calidad de los materiales, falsificar los informes y sobornar a los recaudadores de impuestos".

En ambos desastres, el gobierno respondió con lentitud a la crisis. En Haití, el gobierno del país carece de poder. El verdadero poder es la ocupación de las Naciones Unidas, respaldada por Estados Unidos.

En Chile, el gobierno centro-izquierdista saliente de Michelle Bachelet tampoco respondió. Con una negligencia casi criminal, la Armada de Chile, encargada de alertar al país de la amenaza de tsunamis, no advirtió a las aldeas costeras de las inminentes olas.

"Nadie se presentó aquí para advertirnos," dijo una residente, Alejandra Jara, a la BBC. "Huimos por nuestra propia cuenta porque sabemos que cuando hay un terremoto grande, uno tiene que dejarlo todo y irse". Un número incontable de personas no huyeron y están muertas o desaparecidas.

Por otra parte, al igual que en Haití, el gobierno de Bachelet no suministró rápidamente alimentos, agua y refugio a los 2 millones de personas sin hogar. "El gobierno ha sido muy lento para responder", dijo Víctor Pérez al New York Times, al lado de una carpa en la que él y su novia viven ahora, frente al arruinado edificio de apartamentos en Santiago que era su hogar. "No tenemos agua ni luz, y en la mayoría de las tiendas más cercanas escasea la comida".

El Christian Science Monitor informó que la privación fue mucho peor en las regiones del Maule y Bío Bío, las zonas más cercanas al epicentro. "Realmente lo que necesita la gente es agua, alimentos no perecederos, ropa abrigada y medicinas", señaló Daniel Agredano al periódico. "La ayuda está llegando, pero sólo de a poco. Debería haber venido más rápido. Es por eso que la gente se desesperó tanto y comenzó a saquear los supermercados".

En ambos países, la simpatía inicial de los medios de comunicación internacionales para las víctimas de la catástrofe se ha convertido en demonización de personas desesperadas, llamándoles "saqueadores" por haber tomado alimentos y agua de los supermercados.

Esto ha servido como justificación para grandes despliegues militares. En Haití, el gobierno de EE.UU. desplegó 20.000 soldados bajo el pretexto de prestar auxilio; en realidad vigilaron a la gente desesperada y rodearon el país para impedir que los refugiados buscaran asilo en Estados Unidos.

En Chile, Bachelet se dobló bajo la presión de la derecha y los intereses empresariales, que estaban aterrorizados por lo que llamaron el "saqueo" de los supermercados en Concepción. La presidente envió 14.000 soldados para proteger la propiedad de las empresas e imponer un toque de queda 18 horas al día. Tras el despliegue de las tropas, advirtió, "Entendemos su sufrimiento, pero también sabemos que estos son actos criminales que no se tolerarán".

En ambos países, las víctimas del terremoto tuvieron que depender de sí mismos para sobrevivir. Privados de la ayuda del gobierno, tanto los haitianos como los chilenos formaron comités locales para organizarse, distribuir alimentos y agua, y ayudarse mutuamente en la organización de refugios para personas sin hogar.

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BILL QUIGLEY, del Centro de Derechos Constitucionales, y otros testigos presenciales han documentado en Haití que las víctimas del terremoto, sin ayuda, han tenido que recurrir unos a otros para asistirse con comida, agua y refugio. En Chile, los comités locales han surgido entre las víctimas del terremoto, especialmente en los remotos pueblos costeros, para proporcionar servicios similares.

La historia de la ayuda internacional en los dos casos es también parecida. Así como en Haití, la respuesta de los gobiernos capitalistas de todo el mundo ante el terremoto en Chile ha sido ridícula.

La "comunidad internacional" ofreció una miseria a Haití. Estados Unidos, por ejemplo, sólo aportó US$ 100 millones, una suma que se vuelve insignificante en comparación con el presupuesto militar de Obama de US$ 650 millones de dólares o el US$ 3 mil millones de dólares que EE.UU ha gastado en ocupar a Irak y matar a 1 millón de iraquíes.

Del mismo modo, después de que Bachelet finalmente pidió ayuda internacional para Chile, los países del mundo volvieron a ofrecer unas sumas minúsculas. Por ejemplo, la Comisión Europea ya ha aprobado $4 millones en ayuda de emergencia en Chile, el Japón ha prometido US$ 3 millones y China 1 millón. Pero no se trata de ayuda humanitaria, sino de trucos publicitarios para asegurar las alianzas internacionales y ganar el apoyo político interno, en vez de ayudar a las víctimas.

A raíz de los terremotos vendrá lo que Naomi Klein ha denominado la "doctrina de shock".

En Haití, EE.UU. está aprovechando el desastre para aplicar el plan del ex investigador del Banco Mundial Paul Collier para explotar "la ventaja comparativa" del país --sus empobrecidos trabajadores-- en las plantaciones, la industria turística y las maquiladoras.

En Chile, el Presidente entrante, el derechista Sebastián Piñera --un empresario multimillonario y seguidor de la economía de libre mercado de Pinochet-- se ha lanzado en contra de los "saqueadores" y presionó a Bachelet a desplegar las fuerzas militares.

Mientras él promete no cambiar las políticas económicas centro-izquierdistas de los gobiernos anteriores, Piñera sentirá la presión de sus partidarios pinochetistas para volcarse aun más a la economía de libre mercado. Y el despliegue militar de Bachelet será para él el precedente que justifique una mayor vigilancia de las crecientes filas de los pobres.

Por su parte, Estados Unidos está utilizando los dos desastres para recuperar el terreno perdido en América Latina y el Caribe, así como se enfrenta a rivales regionales de varios gobiernos de izquierda que han llegado al poder en América Latina--el más importante entre ellos, el de Hugo Chávez en Venezuela.

Chávez ha liderado la formación de la organización económica regional ALBA y la nueva formación política regional establecida en la Cumbre de Río en México, que incluye a todos los países de la región, pero que por primera vez excluye a Estados Unidos y Canadá. Además, muchos de estos países están forjando vínculos políticos y económicos con otras potencias regionales como Irán y China --la principal competencia internacional de Estados Unidos.

Tras la cubierta que la intervención humanitaria en Haití le otorga, EE.UU. busca reafirmar su papel hegemónico en la región, poniendo de facto el país bajo control colonial.

Barack Obama envió a su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, en una gira para establecer relaciones con los gobiernos de derecha de la región. La gira incluye una parada en Chile, donde se ella reunió con Piñera y Bachelet. En una expresión de la "generosidad" imperialista, entregó un total de 25 teléfonos satelitales para ayudar en la coordinación del auxilio de desastre.

Estados Unidos desea cultivar relaciones con los gobiernos de derecha para dividir los bloques regionales y los distintos pactos internacionales con China e Irán, que amenazan su dominio histórico de la región.

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LOS DESASTRES en Chile y Haití deben ser un cuento con moraleja. Haremos frente a más catástrofes naturales de este tipo, en las que el sistema económico y sus gobiernos no responderán de una manera que ponga primero a la gente.

Probablemente, no pasaremos por más súper terremotos en un futuro cercano; no hay un aumento demostrable en la actividad tectónica natural. Pero por razones sociales, somos vulnerables a cualquier terremoto: enormes ciudades han sido construido aprovechando las características naturales propicias para el desarrollo económico, como en la intersección de los ríos, los cuales tienden a estar sobre las fallas tectónicas.

Estos terremotos serán una amenaza particularmente en el llamado Tercer Mundo, donde las políticas agrícolas neoliberales han obligado a millones de campesinos a trasladarse a las grandes barriadas urbanas. Gobernadas por medio de políticas neoliberales, éstas no proveen servicios sociales ni hacen cumplir los reglamentos de construcción. Como el sismólogo Roger Bilham dijo a Democracy Now!:

Yo prognostico que ahora será posible algo que nunca ha sucedido en la historia de la Tierra: un terremoto que mate quizá a un millón de personas. Y ¿cómo se puede hacer una predicción tan ridícula? La respuesta es que nunca antes se ha visto tan grandes poblaciones en situación de riesgo de terremotos, [en] ciudades de 12 millones [de habitantes].

Hay muchas ciudades como esta, y varias de ellos, como Estambul y Teherán, tiene un historial de dañinos terremotos, y bien podremos ver los efectos de la corrupción y las prácticas en la construcción sólo después de que estos sismos golpeen.

Además, existe el cambio climático, un nuevo fenómeno causado por el desarrollo capitalista, que obligará a regiones enteras a huir de los crecientes niveles de agua. El mundo entero se enfrenta a tormentas asesinas cada vez más devastadoras.

La crisis en Chile desaparecerá de las noticias, así como de la de Haití se escucha ahora muy poco. Pero, como bien sabe este país por las decenas de miles de refugiados del huracán Katrina, esto no significará que la crisis haya terminado. Como Ophelia Dahl de Socios en la Salud advierte:

Más de siete semanas después del terremoto, sigue habiendo una urgente crisis humanitaria. La situación es muy mala y empeora. Hemos sido testigos de cientos de miles de personas que viven en improvisados refugios, asentamientos hechos de cartón y bolsas de plástico. Lo poco que la gente tiene se ha empapado, porque están durmiendo bajo la lluvia, y los improvisados refugios ya se están rompiendo y disolviendo.

Sin duda, la misma suerte correrán las víctimas pobres de la catástrofe en Chile. Así, mientras en la superficie, la historia parece ser diferentes en estos dos terremotos, la realidad es que en ambos casos es muy parecida. El capitalismo --en los países avanzados, o en desarrollo, o en los países más pobres-- antepone las ganancias económicas y la estabilidad por encima de la gente, incluso durante los desastres.

Traducido por Bridget Broderick

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