La lucha contra el golpe de estado

octubre-noviembre de 2009 | página 2

SHAUN JOSEPH reporta desde las filas de la resistencia hondureña

A PRIMERA vista, la resistencia popular en Honduras se muestra como una lucha para derrotar el golpe organizado por las fuerzas armadas y la oligarquía del país que destituyó al presidente José Manuel Zelaya Rosales. Sin embargo, las raíces del conflicto brotan de importantes cambios en la estructura económica del país, llevados a cabo bajo las políticas neoliberales implementadas durante los últimos 30 años.

En 1980, 63 por ciento de los hondureños económicamente activos trabajaban en la agricultura, la mayoría como campesinos y sólo 16 por ciento del PIB provenía del sector industrial, cifras que no habían cambiado desde 1960. Pero para 1999, sólo 13 por ciento de la población activa trabajaba en el sector agrícola y 32 por ciento del PIB provenía del sector industrial.

En el período neoliberal, el imperialismo norteamericano penetró Honduras aun más profundamente que antes--"políticamente" al usar el país como base de operaciones para la guerra contra la izquierda centroamericana en los años 80 y "económicamente" con el auge del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en los años 90.

Así fue como en Honduras el neoliberalismo produjo al mismo tiempo una ampliación de la clase obrera y una oligarquía nativa orientada hacia el imperialismo y acostumbrada a grandes ganancias. Además, la transformación estructural de la economía hondureña produjo una fuerte dislocación social. Una dramática ilustración de esto fueron las secuelas dejadas por del huracán Mitch en 1998, cuando unas 11.000 personas fallecieron y otros 2 millones perdieron su hogar.

Zelaya accedió al poder en el 2006, cuando la crisis del neoliberalismo en Latinoamérica era ya evidente y cuando se desarrollaban modelos alternativos de centro-izquierda, particularmente el de Hugo Chávez en Venezuela. Aunque él fue un candidato de uno de los dos partidos políticos oligárquicos, Zelaya implementó una serie de importantes reformas, incluyendo el aumento del sueldo mínimo en un 60 por ciento. Bajo su mandato, Honduras se unió con la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), una alianza económica iniciada por Venezuela; y aprobó una Ley de Participación Ciudadana que permite al presidente iniciar referendos consultativos.

Para la oligarquía estas reformas fueron inaceptables. El golpe del 28 de junio fue llevado a cabo para detener el proceso que amenazaba a la élite hondureña con quitarle sus obscenos privilegios sociales. Los golpistas arguyeron que Zelaya intentaba realizar un referendo para permitirle hacer campaña por otro mandato. Pero esto simplemente no es verdad. Zelaya intentaba llevar a cabo un sondeo nacional, no obligatorio, para decidir si en la votación de noviembre debiera haber un referendo para convocar una asamblea constituyente que considerara una reforma constitucional. Zelaya no hubiera podido ejercer otro mandato, sin importar el resultado de la consulta.

La gran mayoría de los hondureños, sobre todo los trabajadores y los campesinos, se han opuesto al régimen golpista encabezado por Roberto Micheletti porque claramente representa los intereses de los oligarcas. Esto es obvio para el que viaja por el país con los ojos abiertos. La resistencia democrática al golpe--principalmente llevada a cabo por organizaciones obreras, campesinas e indígenas--tiene un amplio apoyo político, extendiéndose hasta los sectores pequeño-burgueses y profesionales.

La vuelta de Zelaya a Honduras el 21 de septiembre y su refugio en la embajada brasileña, a despecho de Micheletti, marca una nueva etapa en la batalla. Rápidamente, miles de personas acudieron a la embajada de Brasil para celebrar su retorno. El régimen golpista dispersó con violencia la reunión pacífica y anunció un toque de queda general de 48 horas.

A pesar de llevar las riendas de la violencia estatal, el régimen de facto se acerca a su derrota, debido a la amplitud y la fuerza de la resistencia popular que nunca permitió la aquiescencia del pueblo hondureño. La vuelta de Zelaya ha inspirado al pueblo hondureño a arriesgar grandes sacrificios por el triunfo de la democracia. Percibiendo esto, el gobierno de EE.UU está retirando el apoyo a los golpistas, aunque sean sus aliados naturales por su posición social y económica.

El podrido Acuerdo de San José, un "arreglo" adelantado por el presidente Oscar Arias de Costa Rica con el apoyo del gobierno de EE.UU, ya está muerto. Ahora hay una mesa de diálogo a la que los representantes de Frente Nacional contra el Golpe de Estado se sentaron, sólo para luego retirarse después de que les pidieran renunciar a la demanda de crear una asamblea constituyente.

Honduras comienza a desprenderse de la asfixia del imperialismo norteamericano. No se puede adelantar como los golpistas se irán, si a base de algún acuerdo, para guardar las apariencias, o si serán derrocados por una insurrección. Pero la idea de mantenerse en el poder parece casi imposible.

Las clases trabajadoras de Honduras, organizadas en un movimiento de resistencia con gran disciplina y determinación, están a un paso de la victoria política más importante de los pueblos latinoamericanos desde la derrota del golpe en contra de Hugo Chávez en Venezuela en 2002. Si esto ocurre es seguro que no se contentarán con la restauración del viejo status quo.

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