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EL SENTIDO DEL MARXISMO Nos oponemos a todos los controles de inmigración Por Paul D'Amato | agosto-septiembre de 2009 | página 3
"LOS TRABAJADORES no tienen país... Obreros del mundo, uníos", escribieron Carlos Marx y Federico Engels en dos reconocidas frases en el Manifiesto Comunista. Éstas constituyen el punto de partida de nuestro enfoque a la cuestión de la inmigración.
Los socialistas apoyamos el derecho de todas las personas a desplazarse fuera de las fronteras nacionales sin temor a la discriminación, y nos oponemos a todos los intentos por parte de los gobiernos para limitar y controlar ese movimiento, o al trato a los inmigrantes como ciudadanos de segunda o tercera clase (o no ciudadanos). Cualquier otra posición haría una burla de nuestro llamado a la solidaridad internacional de la clase obrera.
El comercio capitalista ha creado un mercado mundial, y con ello ha roto toda barrera a la circulación del dinero y la inversión, dando al capital una relativa libertad para moverse por todo el mundo en busca de las inversiones más rentables. Pero, al mismo tiempo, los trabajadores no tiene la misma libertad para desplazarse a través de las fronteras.
La historia de la migración humana bajo el capitalismo es una en donde la gente, huyendo de las dificultades y la pobreza en una región o país, se ven obligados a trasladarse a otro, donde son tratados como parias sociales, a pesar de que su trabajo es libremente explotado por los capitalistas de la nación que los ha recibido.
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Para la clase dominante estadounidense, la inmigración nunca ha sido una cuestión humanitaria, sino una cuestión de suministrar a su economía una mano de obra barata y abundante. La esclavitud proveyó la mano de obra de las plantaciones del sur; la servidumbre y, luego, la inmigración de "trabajadores libres" la proveyeron para el norte.
El "trabajo libre" proporcionado por los inmigrantes a este país siempre ha sido restringido y controlado por diversos medios legales a fin de garantizar su desvalorización y flexibilidad. Los trabajadores inmigrantes pueden ser utilizados como mano de obra barata porque las leyes de inmigración imponen en ellos una condición de segunda clase.
Políticos y empleadores utilizan leyes anti-inmigrantes no para impedir la entrada de trabajadores inmigrantes, sino para controlar su trabajo. Las amenazas de cárcel y deportación son efectivas para desalentar la organización de los trabajadores para luchar por mejores salarios y condiciones.
La lista de inmigrantes víctimas de discriminación en la historia de este país es larga: católicos, irlandeses, alemanes y suecos, judíos, italianos, europeos orientales, asiáticos, mexicanos y centroamericanos, musulmanes, y así sucesivamente hasta el día de hoy.
Los patrones de inmigración y exclusión a menudo siguen las necesidades de la industria -los trabajadores son bienvenidos en tiempos de auge, luego son usados como chivos expiatorios y deportados en tiempos de recesión.
Obreros chinos trabajaron por bajos salarios y sufrieron terribles condiciones en la construcción de los ferrocarriles del Oeste americano, sólo para verse víctimas de persecución racista y de la Ley de Exclusión China de 1882, la que se mantuvo vigente por 60 años.
Así como el capitalismo estadounidense se expandía a finales de los años 1900, Estados Unidos acogió a millones de inmigrantes de Europa meridional y oriental - hasta 1917, cuando se aprobó la Ley de Exclusión Inmigratoria.
Durante la década de 1920, siendo alentados a venir y tomar trabajos ferroviarios y agrícolas - un millón de mexicanos que vino a este país fueron luego víctimas de deportaciones masivas una vez que la Gran Depresión de los años 1930 se asentó.
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Siempre que los empleadores puedan imponer salarios más bajos y un mayor número de horas y negar prestaciones básicas, lo harán. Una manera de conseguir esto es disponiendo al mejor pagado (relativamente hablando) trabajador nativo contra el mal pagado trabajador inmigrante. Como escribe el historiador Philip Foner, "Con demasiada frecuencia, nuevos inmigrantes de todas las nacionalidades hicieron su primera entrada en la industria norteamericana como rompehuelgas".
Escribiendo a finales de 1880, Federico Engels observó que la clase dominante estadounidense era maestra en poner a los obreros inmigrantes unos contra otros, y los trabajadores nativos contra ellos. Como escribió en una carta a un colega estadounidense: "Vuestra burguesía sabe cómo jugar una nacionalidad en contra de la otra: Judios, italianos, bohemios, etc, en contra de los alemanes e irlandeses, y cada uno contra el otro, de modo que la diferencia entre los estándares de vida de los trabajadores existe, creo, en Nueva York en una medida sin precedentes en otro lugar".
Agregado a esto está la total indiferencia de una sociedad que ha crecido sobre una base puramente capitalista, sin ningún tipo de antecedentes feudales, hacia seres humanos que sucumben en la competencia: "Habrá mucho más, y más de lo que queremos, de estos condenados holandeses, irlandeses, italianos, húngaros y judios", y para colmo, con Juan Chino en el trasfondo, que supera con creces a todos en su capacidad de vivir de casi nada".
También hay un componente político de la histeria anti-inmigrante. A comienzo del siglo XX, el racismo anti-inmigrante fue el azote contra la izquierda en el movimiento laboral -miles de inmigrantes radicales fueron arrestados y deportados durante las infames Redadas Palmer de 1919-1921. Durante la Segunda Guerra Mundial, los inmigrantes alemanes y japoneses fueron hostigados y discriminados. Más recientemente, inmigrantes árabes y musulmanes han enfrentado acoso y deportación como resultado de la xenofobia desatada después del 11 de septiembre del 2001.
Estas políticas, aunque dirigida a los sectores de la clase obrera, abre la posibilidad para los opresores de utilizarlas más ampliamente. La función de tal discriminación es neutralizar a la izquierda -los promotores de la solidaridad y la lucha contra la opresión- mediante la creación de un clima de odio, desconfianza y miedo.
Hoy, millones de inmigrantes indocumentados, que han puesto las ruedas de la industria y el comercio a rodar, enfrentan una de las más despiadadas y draconianas persecuciones en la historia de EE.UU. a manos de ICE y de la derecha.
Las deportaciones han aumentado en un 44 por ciento (280.000 personas) en el último año fiscal. Las familias están siendo destrozadas, decenas de miles encarcelados y muchos más deportados, todos por el "delito" de trabajar duro por salarios inferiores. Mientras tanto, los empleadores enfrentan poco más que una multa ocasional.
La única forma de superar las divisiones que el capital deliberadamente fomenta entre los trabajadores es trabajar por la solidaridad de todos los obreros y obreras, independientemente de su nacionalidad, raza o idioma. El lema "Nadie es ilegal" no es sólo un imperativo moral, sino que está basado en la idea de que mientras los trabajadores se dejen manosear los unos contra los otros, seguirán siendo débiles, víctimas de la explotación del capitalismo.
Algún trabajador nativo podrá pensar que la exclusión y la discriminación contra el trabajador inmigrante le beneficia. Pero la realidad es que cuando la patronal puede dañar una parte de la clase obrera, es más fácil hacer daño a la otra. Leyes anti-inmigrantes ayudan a los empleadores imponer sueldos bajos para todos los trabajadores.
El viejo lema de la IWW "una lesión a uno es una lesión para todos" también implica que la única forma que el movimiento laboral tiene para mejorar las condiciones de todos es mediante el mejoramiento de las condiciones de los más oprimidos y explotados.
Como el socialista Eugene Debs escribiera: "En esta actitud, no hay nada de sentimentalismo, sino simplemente una rígida adhesión a los principios fundamentales del movimiento proletario internacional. Si el socialismo internacional, el socialismo revolucionario, no se pone firme, valiente y consistentemente con toda la clase obrera, y con las masas explotadas y oprimidas en todas partes, entonces apoya a ninguna. Su pretensión es falsa y su profesión, un engaño y una trampa".
Traducido por Orlando Sepúlveda
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