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¿Se desbarrancó la economía? abril-mayo de 2009 | página 1
LEE SUSTAR explica por qué el aumento del desempleo es sólo uno de los aspectos de una nueva fase en la crisis económica.
MILLONES DE puestos de trabajo barridos bajo la alfombra de la crisis en sólo meses. Mientras, el colapso financiero continúa y la economía mundial se desmorona.
Sólo en febrero, 651.000 puestos de trabajo fueron eliminados, poniendo la tasa de desempleo a su punto más alto en un cuarto de siglo, 8.1 por ciento. La misma tasa que la administración Obama estimó como promedio para todo el resto del año, pero que ahora parece sólo un escalón más hacia una cifra mucho más elevada.
La pérdida total de trabajos en Estados Unidos desde diciembre de 2007, cuando la recesión comenzó, es de 4.4 millones, sobrepasando ya la promesa del presidente Obama de "crear o salvar" unos 3.5 millones de trabajos para el próximo año, por medio de los $787 mil millones del estímulo económico. Ciertamente, estos terribles reportes prestan credibilidad a los que argumentaron que el paquete económico sería demasiado pequeño para revivir la economía.
Mala como esa cifra es, 8.1 por ciento de desempleo no alcanza a describir la magnitud de los efectos de la crisis en los empleos. De acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales, una medida más amplia de desempleo y subempleo --los que trabajan involuntariamente a tiempo parcial- lo estimó en un 16 por ciento de la población.
Esta masiva pérdida de trabajos, horas de trabajo y beneficios está provocando un aluvión de problemas sociales.
"La pérdida del trabajo es para los estadounidenses un desastre mucho peor que para la gente en Europa o Canadá", dijo Gary Burtless, ex economista en los Departamento de Trabajo de EE.UU., al periódico canadiense Globe and Mail. "A diferencia de la mayoría del mundo occidental, en los Estados Unidos, cuando perdemos nuestro trabajo también perdemos nuestro seguro de salud".
A esto se suma la miseria, aún mayor que la tasa de desempleo sugiere; y la recesión parece conducir a una peor situación del mercado laboral en el país. "En industrias claves --manufactura, servicios financieros y ventas al menor-- los despidos se han acelerado tan rápidamente en los últimos meses como para sugerir que muchas compañías han están abandonando zonas enteras de negocio", informó el New York Times.
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El epicentro de la crisis es aún el sistema financiero americano, donde bancos "zombi", insolventes --como el Citigroup-- siguen "vivos" sólo gracias a tragarse cientos de miles de millones en fondos del gobierno, aun cuando aun no se prestan ni entre ellos.
Según una reciente noticia, incluso la institución que se consideraba la más saludable entre los grandes bancos, JPMorgan Chase, enfrenta una posible pérdida de US $ 241.2 mil millones en embrolladas inversiones en derivados, muy por encima de los $ 144 mil millones que tiene en reservas de capital. El banco enfrenta a una futura exposición de US $ 299 mil millones. La razón: con los precios de la vivienda aun cayendo, el valor del seguro asociado a las hipotecas ha descendido también.
Uno de estos desestabilizadores derivados es el CDS (credit default swap, por sus siglas en inglés), una forma de seguro sobre obligaciones y otros valores, porque gran parte del mercado de CDSes está vinculado al valor de las hipotecas. Como resultado, los bancos que vendieron los CDSes han sangrado grandes cantidades, algo que los programadores de sus complejos modelos computacionales dijeron nunca podría suceder.
De hecho, en lugar de ofrecer seguros contra pérdidas --lo que suena prudente-- el mercado de CDSes se ha convertido en el triángulo de las Bermudas del sistema financiero mundial. En 2007, el mercado de CDSes fue estimado en $ 45 billones, en comparación, la totalidad de la producción económica anual de EE.UU. en ese año tuvo un valor de $13.8 billones.
Los bancos compran y venden CDSes y otros derivados similares no para "jugar seguro", sino para tomar enormes riesgos. En Europa, por ejemplo, los bancos utilizan CDSes para esquivar regulaciones especificando reservas mínimas de capital, sobre representando lo que realmente tienen. De este modo se mantuvieron lucidos balances, hasta que finalmente la burbuja inmobiliaria reventó, y el valor de los activos relacionados con las hipotecas se hundió con el pánico de septiembre último.
Mientras las instituciones financieras occidentales se lanzaban a los brazos de sus respectivos gobiernos por rescates, el dominó de los CDSes comenzó a caer. El colapso de Lehman Brothers hizo temer a los bancos dueños de CDSes vinculados a Lehman ser también arrastrado al hoyo.
Pero fue el inminente el desplome de la enorme compañía de seguros, American International Group (AIG) lo que sonó la alarma en Washington. El presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke y el entonces Secretario del Tesoro Henry Paulson hicieron equipo con Tim Geithner, entonces el presidente de la Reserva Federal de Nueva York y ahora el secretario del Tesoro de Obama, para organizar de la noche a la mañana la nacionalización de la empresa.
Pareció extraño que el gobierno de los EE.UU. se hiciera cargo de una compañía de seguros sólo días después de haber dejado Lehman desplomarse, pero la razón fue miedo a que el pesado rol de AIG en otro mercado de derivados --las obligaciones de deudas con garantía, o CDOes-- conduciría a un completo terremoto de los mercados financieros mundiales. Las condiciones iniciales del rescate parecen severa aun para un gobierno republicano: AIG recibirá $85 mil millones en dinero del gobierno a cambio de control de 80 por ciento de las acciones de la empresa.
Bernanke fue virulento hablando de la compañía en recientes testimonios ante el Congreso, llamándola un "un fondo de alto riesgo, básicamente adjuntó a una grande y estable compañía de seguros". Pero en vez de castigar a AIG por casi destruir el sistema financiero mundial, el gobierno le ha inyectado dinero suavizando las condiciones de su confiscación. Después de que AIG anunció la mayor pérdida trimestral en la historia del país, $62 miles de millones, obtuvo otros $30 mil millones de las arcas federales, incrementando lo que el estado ha dado a la empresa hasta la fecha a $160 mil millones.
La razón esgrimida para este último rescate fue que de no hacerse pondría en peligro el ya frágil sistema financiero. "Lo que nadie está diciendo -la gente de Bush no lo hizo, y el equipo de Obama parece haber tomado el mismo voto con Wall Street -- es qué empresas serían las más amenazadas por un colapso de AIG", una editorial del New York Times declaró. "Eso significa que permitir a AIG evitar la quiebra, el contribuyente también está rescatando a... ¿quién exactamente?"
Del mismo modo, el tratamiento con guantes que Geithner a dado a Citigroup tiene la intención de tranquilizar a los inversionistas, dejándoles saber que la intervención del gobierno --incluso nacionalización-- no los apretará. Hasta la fecha, Estado Unidos ha invertido $45 miles de millones directamente en Citigroup, y ahora controla el 38 por ciento de sus acciones con derecho a voto. También ha garantizado $300 miles de millones de la deuda de Citigroup.
Sin embargo, incluso después de que Alan Greenspan y el ex Secretario del Tesoro de la administración Reagan, James Baker, llamaran a nacionalizar los bancos, Geithner se contorsiona tratando de evitar una absorción de los bancos enfermos por parte del gobierno, pura y simplemente.
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Lo que es más, la especulación sobre la nacionalización bancaria pierde un punto mayor: la política de la administración de Obama hasta la fecha sólo ha conducido a una aún más colosal transferencia de riqueza desde los trabajadores a los bancos que el desacreditado plan Paulson, el esquema para comprar los activos "ácidos" de los bancos.
Incluso si los bancos fueran nacionalizados, no sería para colocarlos bajo control democrático, sino para que los contribuyentes asuman las pérdidas por el pago a las empresas y a los individuos que adueñan los bonos.
Esencialmente, Geithner está tratando de realizar lo que Henry Paulson encontró políticamente imposible: utilizar los $700 mil millones del primer rescate otorgado por el Congreso, patrocinado por Paulson y Bush, para simplemente comprar a precios inflados los devaluados títulos respaldados por hipotecas en posesión de los bancos. En lugar de ello, el Departamento del Tesoro de Paulson anunció en octubre que iba a poner $250 mil millones de capital directamente en los bancos más grandes de la nación a cambio de acciones bursátiles preferenciales. Una nacionalización parcial daría al menos al gobierno algún poder de decisión sobre los bancos a cambio de su dinero.
Pero ahora viene Geithner con una nueva versión del original plan Paulson. La diferencia es que en lugar de entregar el dinero de los contribuyentes directamente a los bancos para adquirir sus activos tóxicos, el Gobierno prevé préstamos de entre $ 500 mil millones a $1 billón a fondos de capitales privados para que éstos compren esos activos.
Así, por ejemplo, las propuestas "asociaciones público-privadas" pueden comprar los títulos respaldados por hipotecas de un banco a 50 centavos por cada dólar y venderlos más tarde a 75 centavos, haciendo mucho dinero. Más aún, con el plan de Geithner el gobierno también asegura a los inversores contra las pérdidas. Así, si la compra de a 50 centavos por cada dólar de valores resulta tener un valor de sólo 25 centavos, la clase obrera absorberá las pérdidas a través de impuestos más elevados.
Esto quiere decir: si sale cara, los ricos inversionistas ganas; y se sale cruz, los contribuyentes pierden -- que es justo lo que Paulson, ex director general de la gigante de Wall Street Goldman Sachs, tenía en mente.
Así como el columnista y economista del New York Times Paul Krugman lo puso en su blog:
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TALF está siendo presentado como un esfuerzo de la Tesorería y la Reserva Federal para proporcionar liquidez a los mercados de crédito de consumo. En realidad, es una puerta trasera para comprar más activos tóxicos de instituciones financieras.
Está dispuesto para a trabajar de esta manera: el Departamento del Tesoro prestará dinero a instituciones financieras--incluyendo los oscuros fondos de alto riesgo y firmas de capital privado--a cambio de garantías compuesta por títulos respaldados por activos. En caso de que no se repaguen los préstamos, la Tesorería creará una empresa que será un vehículo con el especial propósito de comprar los bienes que fueron presentados como garantía, parecido a cómo un banco se hace cargo de una casa en una ejecución hipotecaria.
"Estos pueden parecer términos duros: "Si no pagas el préstamo TALF, el gobierno va a tomar tu aval".
Pero si el mercado valúa tu aval a sólo una fracción de lo que afirmas vale, dejar que el gobierno lo tome no sería tan malo después de todo. De hecho, es buen negocio. Quédate con el dinero, mientras el gobierno agarra un montón de papel malo. Y como es un so-llamado préstamo "sin recursos", el gobierno no tiene ninguna manera jurídica de tomar ninguno de tus otros activos.
Escribiendo en el blog Credit Writedowns, Edward Harrison lo puso así:
En resumen, TALF es una forma para cualquiera y todos, nacionales y extranjeros, con títulos tóxicos respaldados por activos en EE.UU., para tirarlos aquí a costa de los contribuyentes. Esto está sucediendo ahora mismo justo debajo de nuestras narices, y huele a capitalismo. Al menos la Reserva Federal tiene la transparencia de decirlo. Pero, ¿nadie lo ha notado?
Pero todo esto es sólo una lista parcial del acaparamiento de la riqueza por los bancos. No incluye los $200 mil millones de fondos públicos utilizados para hacerse cargo de Fannie Mae y Freddie Mac, o los $29 mil millones utilizados para financiar la adquisición de Bear Stearns por JPMorgan Chase hace un año, cifras extraorbitantes en esos tiempos, pero que hoy suenan como cacahuetes. Luego está la ampliación de la Reserva Federal del balance de $900 mil millones en septiembre a cerca de $2 billones hoy, con el banco central bombeando dinero en el sistema bancario a cambio de dudosos avales como garantía.
Las enormes tasas de desempleo para el mes de febrero despertaron, con razón, el temor por el impacto de la recesión y la ira contra los grandes bancos que la causaron. Pero la transferencia de riquezas encubierta, de los trabajadores a los capitalistas, hecha por la Reserva Federal y la Tesorería, debería también ser motivo de indignación--y de protesta.
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