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EDITORIAL Obama presidente: ¿Qué podemos esperar? enero-febrero de 2009 | página 1
CON los medios de comunicación enfocándose en la pompa y la solemnidad del ascenso de Barack Obama a la Casa Blanca, les es fácil no prestar atención al más profundo significado de su elección.
Con la posesión de la presidencia por parte de Obama, no sólo el primer presidente afro_americano tomará el poder, un hito histórico en sí mismo, sino además una nueva era política llega a Estados Unidos.
A dos meses y una quincena de las jubilosas celebraciones en la noche de aquella elección, con la participación de gente de diversas razas en ciudades a través del país, vale la pena revisar la amplitud y la profundidad de su victoria.
Los candidatos demócratas Obama y Biden derrotaron a los republicanos McCain y Palin por más de 7 por ciento de la votación (52.9 contra el 45.6) y por casi 10 millones de votos (69.5 millones a 59.9).
Obama se convirtió en el primer demócrata desde Jimmy Carter, y solamente segundo desde Franklin Roosevelt en ganar la mayoría absoluta de la votación en una elección presidencial.
Además, los Demócratas ganaron en estados como Indiana, Carolina del Norte y Virginia, que habían sido firmes bastiones republicanos durante la mayor parte de la última generación.
Al mismo tiempo, Obama tendrá la mayoría demócrata más grande en la Cámara de Representantes y en el Senado desde 1992 y 1977, respectivamente. Esta victoria puso fin a una era de dominio conservador que duró más de treinta años.
La supremacía republicana desde finales de la década de 1960 en la Casa Blanca dependió de la "estrategia sureña", construida a base de propaganda racista diseñada a atraer a quienes se habían opuesto al movimiento por los derechos civiles de los estados del sur.
Este llamado político a los adversarios del cambio social de la década de 1960 y 1970 se unió a una renovada ideología del "mercado libre" que desafió al consenso keynesiano para convertirse en la ortodoxia reinante de los últimos cuarenta años.
Quizás no haya repudiación más grande a esta política y su estrategia que la elección del primer presidente afroamericano.
Aunque los sondeos a la salida de las urnas mostraron que McCain ganó la mayoría de los votantes blancos, Obama ganó más apoyo de estos votantes que cualquier candidato demócrata desde Carter.
El experto de la opinión pública, Andrew Kohout, explicó que "La raza del votante fue ciertamente un factor, pero luego de pensarlo, esto fue más positivo para Obama de lo que fue negativo. El número de votantes afroamericanos (13 por ciento del electorado) fue considerablemente más alto que en 2004 (11 por ciento). Ese aumento de 20 por ciento es atribuido a quienes votaron por primera vez.
"En total, el 19 por ciento de votantes afroamericanos eran debutantes, en contraste al 8 por ciento de electores blancos que acudieron a las urnas por primera vez. Esto, en combinación con el apoyo casi universal por Obama entre los afroamericanos, fue responsable de sumar uno o dos puntos de porcentaje a su votación popular total".
Al mismo tiempo, la idea de que un "gobierno grande" es un problema, más que la solución a la crisis económica actual también ha quedado en el camino. Las encuestas en las urnas mostraron que el 51 por ciento de votantes preferirían que el gobierno "hiciera más" en vez de menos. El 76 por ciento de ese grupo votó por Obama.
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Además, los empresarios estadounidenses generalmente apoyan la propuesta de Obama de estimular la economía, y personajes importantes dentro de la industria financiera respaldan sus exigencias de volver de regular los mercados financieros.
Ha de esperarse que Obama tendrá una "luna de miel" con el público por una sustancial parte del año 2009, pero su liderazgo no permanecerá indiscutido.
No desde Ronald Reagan un presidente ha tenido una oportunidad similar para cambiar desde la presidencia la trayectoria política de EE.UU. por generaciones venideras.
No obstante, como alguien que es parte del establecimiento político, él concede a la creencia convencional y sus muchos promotores en Washington y en academia.
Debido a la horrible situación económica que Obama hereda, es improbable que su administración repita las políticas de la administración de Clinton de recortar el gasto público en busca de un presupuesto sin déficits o de proponer reformas insignificantes--incluso con la fuerte presencia de oficiales de la administración Clinton en el gabinete de Obama y entre sus principales asesores.
Pero la tensión entre las nuevas posibilidades y los viejos supuestos abrirá muchas oportunidades para que el "cambio" prometido por Obama durante su campaña sea descarrilada, desencantando a sus partidarios.
A diferencia de la victoria demócrata en la elección parlamentaria del 2006, cuando el asunto más importante era la impopular guerra en Irak, en 2008 Obama y los Demócratas fueron elegidos principalmente debido a la crisis económica.
Esto no significa que los votantes sean indiferentes a las guerras en Iraq y en Afganistán. Al contrario, significa que la principal preocupación pública es una doméstica, y se espera que Obama preste atención a la economía --o sea, que sea un presidente "doméstico".
Respecto a la política exterior, es probable que Obama haga algunos cambios que le ganen el apoyo de quienes se oponen a la guerra en Irak, nacional e internacionalmente. Por ejemplo, Obama promete cerrar la prisión de Guantánamo y replegar las tropas en Iraq. Además, es probable que Obama ponga en marcha otros cambios estilísticos, tal como hablar más de diplomacia y derechos humanos, y evitar pasar cada asunto de la política exterior por la lente de "la guerra contra el terror".
Pero estos cambios vendrán acompañados con una escalada de la guerra en Afganistán y una postura más hostil hacia Pakistán. Esto tiene la posibilidad de volverse en un desastre que podría descarrilar su agenda doméstica.
A pesar de dar la falsa alabanza a "el proceso de la paz", su política hacia los palestinos no partirá del enfoque derechista de dar 100 por ciento de apoyo a Israel.
Mientras tanto, la comprometida posición de los Demócratas y liberales frente al sector empresarial pondrá los límites a lucha por reformas al sistema médico o a las leyes que regulan la organización de los sindicatos. Más, es improbable que ellos desafíen los principios de la política exterior de Obama.
Por ello, la gente que quiere un cambio de mayor alcance tiene que organizarse para empujar desde abajo para lograrlo. La lucha será clave. Ejemplos recientes como la ocupación de la fábrica de Republic Windows & Doors en Chicago y las movilizaciones por el derecho de la comunidad gay a contraer matrimonio ilustran el potencial que gente común organizada tiene para presionar al sistema por el cambio social.
Pero ellas, y otras luchas semejantes, tendrán que ser construidas, organizadas y politizadas por el largo plazo. Ese es el desafío para los primeros años de esta era nueva.
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