La estela de Betancourt

Por Todd Chretien | agosto-septiembre de 2008 | página 4

A COMIENZOS de julio en Colombia, el rescate de la ex candidata a la presidencia por el Partido Verde Ingrid Betancourt, después de seis años de cautividad, y de tres contratistas militares norteamericanos y otras once personas prisioneras de las FARC --Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia--, ha creado inesperados desarrollos a través de la región.

Aunque los detalles no son claros, la operación de las fuerzas armadas de Colombia, apoyada por los servicios de inteligencia estadounidenses, constituyó una gran victoria para el gobierno de Álvaro Uribe y desató una profunda crisis en la moral y la capacidad de lucha de los guerrilleros de las FARC.

Después de especulaciones iniciales que sugerían alguna clase de entrega concertada, que surgió a causa de la presencia del candidato presidencial republicano John McCain, ahora parece que el gobierno de Colombia engañó a los comandantes de las FARC utilizando el símbolo de la Cruz Roja Internacional sobre el uniforme de al menos uno de los soldados que efectuaron el rescate.

Sorprendiendo a muchos de sus partidarios, el presidente venezolano Hugo Chávez, acusado muchas veces por Bush y Uribe de ayudar a las FARC, tomó la liberación de Betancourt como el mejor momento para reparar las maltrechas relaciones con su homólogo colombiano. Después de advertir a las FARC que la "época del fusil ha pasado," Chávez se dirigió a Uribe como "un hermano".

"Pronto, estamos esperándolo, viene a visitarnos [Uribe] y será recibido como siempre: como un hermano y un amigo. Nos dijimos cosas muy duras, entre hermanos también ocurren esas cosas... pasó y ojalá para siempre. Que nos respetemos, pues", dijo Chávez.

En una cumbre el 11 de julio entre los dos presidentes hubo muchas sonrisas y apretones de manos ante las cámaras, y acuerdos económicos valorados en millones de dólares.

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LA NUEVA cordialidad entre Chávez y Uribe es un giro total que crea serias preguntas con respecto a las relaciones entre el gobierno revolucionario en Venezuela y el régimen de Bogotá, favorito de Washington D.C. en la región.

Según el grupo de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch, desde 1986 las FFAA colombianas y sus paramilitares escuadrones de la muerte han asesinado a más de 2.500 sindicalistas.

Recientemente, las FARC han recibido mucha presión para negociar un fin a la guerra civil, y han sido listadas como una organización terrorista por el gobierno estadounidense, un epíteto que la mayor parte de la prensa norteamericana y el candidato Demócrata presidencial Barack Obama repiten como loros, sin comentar.

Pero la reticencia de las FARC a desarmarse es claramente comprensible. En los años ochenta, muchos de sus miembros y de otros grupos rebeldes bajaron sus armas para participar en las elecciones como parte de la Unión Patriótica, una coalición que agrupó a las fuerzas de izquierda. El premio por su participación en el "proceso democrático," fue la muerte de alrededor de 5.000 candidatos y activistas a manos del ejército y los paramilitares.

Sobre este sangriento trasfondo, el presidente Bill Clinton inició el "Plan Colombia" durante su segundo término, multiplicando la ayuda a los militares colombianos por casi catorce veces, de $54 a $765 millones de dólares entre 1996 y 2000. Por su parte, el presidente Bush ha enviado entre $400 y $650 millones en apoyo militar en cada año de su presidencia.

Esta avalancha de dinero y armas ha convertido a las fuerzas armadas colombianas en unas de las más poderosas de la región, mucho más poderosa que las de Venezuela por ejemplo, y ha cambiado completamente la situación en la guerra civil a favor del gobierno.

Para los partidarios del proceso revolucionario venezolano, parchar los vínculos con Uribe ha provocado un grave debate con respecto a los motivos de Chávez y lo que significa para la dirección de su gobierno.

Como especuló el diario colombiano El Mundo, la cumbre benefició a sus dos protagonistas: "Uribe se quita un dolor de cabeza en materia de política exterior y Chávez mejora un flanco débil en la dura batalla electoral de noviembre contra una oposición cada vez más cohesionada y fortalecida".

A pesar de los cálculos electorales de Chávez, el presidente ecuatoriano Rafael Correa se ha negado hasta ahora a seguir el nuevo giro diplomático.

El primero de marzo, las fuerzas armadas colombianas hicieron una redada en territorio ecuatoriano, asesinando al segundo comandante de las FARC, quien estaba en una misión diplomática negociando la entrega de rehenes con el gobierno francés --Ingrid Betancourt tiene doble nacionalidad, colombiana y francesa.

El 13 de julio, Correa habló en la radio diciendo que "Ratificamos [que] las relaciones diplomáticas con Colombia no se reanudarán hasta tener un gobierno decente con quien tratar... Hay tanta gente que le hace el juego al gobierno de Uribe, tanta gente que ha despreciado a Ecuador. Cualquier país digno actuaría como está actuando Ecuador".

Lo claro es que después de un período de repliegue, Estados Unidos se está preparando para reafirmar su hegemonía económica y militar en la región contra los gobiernos izquierdistas y centro-izquierdistas.

La Cuarta Flota estadounidense ha realizado ejercicios navales en las costas de Venezuela y otros países este verano, y el Congreso y presidente Bush acaban de autorizar $500 millones de dólares para el Plan Mérida, diseñado a imagen del Plan Colombia para fortalecer las fuerzas armadas mexicanas bajo la justificación de pelear contra el narcotráfico.

Mientras las amenazas del caimán del norte no son suficientes para revertir el retorno de la izquierda en América Latina, el peligro en los años venideros es real.

Como el periodista uruguayo Raúl Zibechi enfatizó, "Un eventual triunfo de Barack Obama tampoco modificará las cosas. Puede atemperar los rasgos más autoritarios del uribismo, lo que explica el nerviosismo del gobierno de Bogotá y su solícita alianza con el candidato republicano".

"Lo cierto es que los planes del Comando Sur", continúa Zibechi, "no dependen del inquilino en la Casa Blanca, y que estos apuntan a promover una acción integral en la región que la convierta en una zona estable y un baluarte inexpugnable para mantener la hegemonía estadounidense a escala global. En suma, las elites imperiales aspiran usar la fuerza de las armas para revertir su decadencia, esto pasa por la recolonización de América Latina. En un período como el actual, sólo la movilización popular y las vías políticas pueden contribuir a debilitar la ofensiva que viene del Norte".

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